Sintió una punzada de nostalgia -¿o sería, tal vez, envidia?- cuando entró en la sala. En los años de instituto, de los dos, él era el más dotado para el dibujo sin embargo, aquí estaba ahora, al cabo del tiempo, contemplando los cuadros de la exposición de su viejo amigo que, por todos los indicios, iba a constituir todo un éxito: El tema de los cuadros, en opinión de los expertos, era impactante y la técnica, novedosa y depurada.
Si las cosas hubieran rodado de otra manera, aquella podría haber sido su propia exposición, su propio éxito pero uno nunca es dueño del destino y, por lo visto, debía de estar escrito que su camino no iba a ser el de la pintura.
Primero, había renunciado a estudiar Bellas Artes porque tenía que pensar en una carrera que le ofreciera la seguridad de un trabajo estable; además estaba la familia: en una saga de funcionarios, no cabía plantearse caminos artísticos porque había que evitarles el disgusto de romper con la tradición.
Aún así, quedaba la posibilidad de cultivar el gusto por la pintura como afición. Pero él había renunciado también a eso en primer lugar porque había tenido que preparar unas oposiciones muy duras y, más tarde, ya convertido en brillante funcionario, porque el cansancio acumulado a lo largo de la jornada laboral invitaba más a la indolencia frente al televisor que a la tensión de la creación artística.
Cada vez que en su mente apuntaba la posibilidad de empuñar los pinceles frente a un lienzo montado en el caballete, la razón de un porque... se interponía a toda consideración posible: ... no era el momento, ...no estaba suficientemente inspirado, ...no tenía todos los materiales a mano, .....no disponía de un lugar apropiado, ...no merecía la pena...
Los viejos camaradas se reencontraron en un estrecho abrazo. Saludos, parabienes, admiración, evocaciones del pasado, resúmenes de las propias singladuras vitales... Pero ¿cómo habría podido llegar hasta aquella exposición el que no tenía dotes especiales para el arte?
A lo largo de la charla el pintor le fue explicando cómo, aunque no se le daba especialmente bien el dibujo, había llevado adelante su empeño con firmeza dedicando mucho tiempo al control del trazo, al estudio de la perspectiva, de la distribución de luces y sombras y a la práctica constante de dibujos y manchas de color.
No había sido nada fácil desde luego, y aunque había tenido que buscarse un trabajo convencional para sobrevivir, jamás había dejado de practicar sobre el papel o el lienzo; aunque tuviera que robar horas al sueño o renunciar a días de vacaciones. Él entendía la pintura como una especie de misión vital y eso le había dado fuerzas aunque se viera obligado a prolongar su jornada con estudios complementarios.
Estaba también la familia; no habían resultado de mucha ayuda, desde luego; él había perseverado en su objetivo artístico aunque todos se empeñaban en hacerle ver los riesgos e inconvenientes de un oficio tan incierto.
Así, había llegado hasta las primeras exposiciones colectivas y aunque resultaron un fracaso, él había sabido tragarse el desánimo, aprender de los errores e intentar caminos nuevos hasta embarcarse en la aventura de aquella primera muestra en solitario.
Por supuesto, el pintor tenía muy claro que aún quedaba mucho trabajo por hacer, que aún tendría que pasar por nuevas decepciones y angustias pero aunque fuera preciso mantener aquella lucha sin tregua , él estaba deseando seguir adelante en el empeño de determinar su propio destino.
PORQUE y AUNQUE
Nuestros esquemas mentales se basan, la mayoría de las veces en juegos de palabras. A menudo, cualquier cosa que siga a un “porque” se toma como una explicación válida y no se cuestiona aunque, en realidad, no explique nada:
...porque no tengo ganas, ...porque me duele la cabeza, ...porque me da vergüenza, ...porque me siento triste, ...porque me da miedo etc. son razones mucho más endebles que las del estilo: ...porque tengo las piernas fracturadas o ...porque no tengo los conocimientos necesarios. Así, lo que consideramos como razones válidas, en realidad no son más que excusas.
Otro enfoque bien diferente consiste en sustituir el “porque” por “aunque”; mediante este cambio, enunciamos nuestra determinación a actuar y nos aseguramos de que el contrapeso que pone en marcha nuestra actuación tiene más valor que el malestar que hace de freno: ...aunque me duele la cabeza, ...aunque me da vergüenza, ...aunque me siento triste.
De manera que, en nuestros diálogos internos, los “porque” actúan como freno mientras que los “aunque” nos animan a superar barreras al comprometernos con aquello que realmente valoramos.
BIBLIOTERAPIA
Título: La mente o la vida. Autor: Jorge Barraca. Editorial: Desclée de Brouwer (Serendipity). 212 páginas.
Indicaciones: El libro presenta los principios básicos de la TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO, un enfoque reciente, plenamente integrado en la corriente de lo que podría considerarse PSICOLOGÍA DE LIBERACIÓN. Obra muy adecuada para estados de pérdida del sentido vital que desembocan en los “síntomas” típicos de perturbación emocional. Su principio activo fortalece el sentido de protagonismo, asienta el realismo frente a las frustraciones y favorece la movilización de los recursos personales.
Efectos secundarios: puede producir perplejidad momentánea en aquellos sujetos que asumen firmemente la creencia de que la frustración, el dolor o la adversidad en sus diferentes manifestaciones (desmotivación, ansiedad, depresión, etc.) constituyen manifestaciones de enfermedad psíquica. Habitualmente, estos estados de estupor suelen remitir a poco que se reflexione sobre la realidad cotidiana y se active la orientación a metas valiosas.
Interacciones. La lectura de este libro favorece y potencia el asentamiento de ideas relacionadas con la “proactividad”, la búsqueda de sentido y el diseño de proyectos vitales.
Los profesionales de la psicología y especialistas interesados puede profundizar en el tema de la TERAPIA DE ACEPTACIÓN Y COMPROMISO en: M. C. Luciano y ots. Terapia de Aceptación y compromiso. Un tratamiento conductual orientado a los valores. Madrid, Pirámide, 2002
NIÑOS: VUELTA AL COLE
Y momento de recordar algunas cuestiones elementales. Por ejemplo, la necesidad de que los más pequeños adquieran hábitos de orden (en su cuarto, con sus cosas), de limpieza (en sus trabajos, en su aspecto personal) y que mantengan un horario de trabajo razonable (primero, los deberes, luego, los placeres: TV, juego, etc.)
Otra cuestión importante es la de las actividades complementarias: Son muy convenientes para desarrollar cualidades que los niños poseen en estado latente (música, arte, deporte...) pero en ningún caso deben suponer una sobrecarga. Las actividades extraescolares deben plantearse como un enriquecimiento para los niños, no como un motivo de orgullo de los padres, tienen que ser planificadas en función de las habilidades (o carencias) del niño y deben estar supeditadas al trabajo del colegio.
Otra buena idea: Programar un primer contacto con los tutores de nuestros hijos a principio de curso para facilitarles información sobre los chicos y chicas.
PROPUESTA DE ACTIVIDADES
Algunas personas sienten que el otoño es una estación complicada “porque” con el regreso al estrés del trabajo y la disminución de las horas de luz es fácil caer en un estado depresivo. Vamos a procurar que “aunque” tengamos que reincorporarnos a la vida activa y nos sintamos algo deprimidos, nuestros objetivos importantes no van a sufrir menoscabo.
En primer lugar, si no las tenemos claras, debemos definir algunas metas concretas para los próximos meses, en función de cada una de las áreas importantes de nuestra vida: familia, salud, relaciones sociales, trabajo, desarrollo personal y aprendizajes. Especificaremos dos o tres metas concretas para cada una de las áreas.
En segundo lugar, vamos a procurar sensibilizarnos a las múltiples excusas que a lo largo del día nos ponemos a nosotros mismos como barreras que nos dificultan llegar a las metas fijadas: los “porque” que nos paralizan en nuestro avance (“porque me duele la cabeza”, “porque me siento triste”)
Por último, vamos a empezar a nadar contra corriente sustituyendo conscientemente algún que otro “porque” por algún “AUNQUE” bien fuerte y rotundo (“AUNQUE me duela la cabeza”, “AUNQUE no estoy en mi mejor momento).
Si reforzamos nuestro propósito con un seguimiento por escrito de nuestros avances y estancamientos, aumentaremos nuestras probabilidades de alcanzar algunos éxitos y, en consecuencia, llegaremos a sentirnos mejor con nosotros mismos.
FRASE DE ORO
La acción no siempre reporta felicidad pero no hay felicidad sin acción. B. Franklin
viernes, 12 de noviembre de 2010
LA TRAMPA DE LA FELICIDAD
Nuestra sociedad a menudo nos anima a pensar en términos de “ganadores” y “perdedores”; “triunfadores” y “fracasados”, “campeones” y “rezagados”. Frecuentemente encontramos toda clase de libros, artículos y expertos que nos dicen: “piensa como un ganador”, “enfréntate al éxito”, “los ganadores funcionan de esta manera”, “sólo los perdedores hacen eso”. Si tú mantienes firmemente la creencia de que eres un ‘ganador’, un ‘campeón’, un ‘éxito’, puede que esto te reporte beneficios a corto plazo; puedes sentirte bien contigo mismo. Especialmente si te comparas con alguien que es un ‘perdedor’, un ‘fracasado’. Pero ¿cuánto tiempo va a durar ese sentimiento? ¿Cuánto tiempo va a tardar tu mente en encontrar alguien que está teniendo mejores resultados o más éxito que tú? Y cuando tu mente, inevitablemente, encuentre a esa persona y empiece a compararla contigo, ¿qué va a ocurrir? ¿A quién va a empezar a etiquetar tu mente como ‘perdedor’, ‘fracasado’ o ‘rezagado’? y si tienes la costumbre de mantener con firmeza tus juicios sobre ti mismo, ¿qué va a ocurrir entonces?
Puede que hayas oído hablar del concepto de “baja autoestima”. Es muy corriente entre profesionales de éxito. En cuanto consiguen sus objetivos, empiezan a aferrarse a la historia del “yo soy un ganador2 y eso les lleva a sentirse bien consigo mismos. Pero en el momento en que sus logros disminuyen –y, antes o después, ocurrirá porque no existe ningún “ser humano perfecto”- la historia cambia a “yo soy un perdedor”. Y si tienen el hábito de aferrarse firmemente a sus propios juicios sobre sí mismos, son absorbidos inmediatamente por el agujero negro del “yo soy un perdedor”. Este esquema crea una desesperante necesidad de conseguir más y más por miedo a convertirse en un “perdedor”, en un “fracasado” o un “rezagado”. Y esto, a su vez, conduce al estrés crónico, a la ansiedad de ejecución, al perfeccionismo y al “burnout”.
E incluso si fuéramos capaces, contra todo pronóstico, de arreglárnoslas para mantener firmemente la idea de “yo soy un ganador”, “soy una persona de éxito”, etc., a largo plazo, ¿qué efecto podría tener en nuestras relaciones con los demás? ¿Has intentado alguna vez de crear una relación rica y significativa, basada en la apertura, el respeto y la igualdad con alguien que sostiene firmemente la idea de “yo soy una persona de éxito”, “soy un campeón”, “soy un ganador”?
El mensaje a tener en cuenta: mantén tus propias descripciones y tus juicio9s sobre ti mismo con un sano relativismo. Independientemente de que sean positivas o negativas, verdaderas o falsas, no te aferres a ellas. Después de todo, sólo son palabras. ¿Acaso es la biografía de Nelson Mandela lo mismo que el propio Nelson Mandela? Claramente, no; no es más que un cúmulo de palabras. Y, con independencia de lo verdaderas o falsas que sean esas palabras, no se aproximan ni de lejos a la riqueza y plenitud de lo que es el propio ser viviente. (Después de todo, ¿con quién preferirías pasar el rato, con el propio Nelson Mandela o con un libro sobre él?).El mismo principio es válido para los propios juicios y auto-descripciones. En ACT no estamos interesados en si esos pensamientos son verdaderos o falsos, positivos o negativos. En lo que estamos interesados es en si es útil aferrarse a ellos. Y, es de esperar, puedes ver que tanto si tus juicios sobre ti mismo son positivos o negativos, si mantienes el hábito de aferrarte a ellos, eso sólo va a crearte problemas.
Lo que importa en la vida es lo que haces, no las historias que crees sobre ti mismo. Si dudas de esto, piensa en tu propio funeral; ¿te gustaría que la gente estuviera allí diciendo: “Lo que realmente admiré de él fue su alta opinión de sí mismo? ¿O preferirías que dijeran: “Lo que realmente admiré de él fue que siempre estuvo allí cada vez que lo necesité; él me ayudó, me respaldó, me animó a vivir la vida con plenitud”? Date cuenta de que puedes dedicarte a la gente que quieres y ayudarlos, respaldarlos y animarlos, independientemente de lo que pienses sobre ti mismo.
Ahora, si tu mente se parece a mi mente, te darás cuenta de que esos juicios sobre ti mismo cambian como el viento. Hay días en que mi mente me dice que soy un padre maravilloso y un marido cariñoso; y otros días mi mente me dice que soy un padre horrible y un marido egoísta. Hay días en que mi mente me dice que soy un escritor buenísimo; y otros días mi mente me dice que lo que escribo es una basura. Por eso, si tu mente te dice “Eres un perdedor”, no te lo creas. Simplemente, dale las gracias, ponle un título a ese cuento y deja que vaya y venga como le apetezca – ni te aferres a esa historia ni luches contra ella, ni trates de echarla lejos. Podrías decirte sencillamente: “¡Ajá, aquí está la historia del perdedor! ¡Muchas gracias, mente mía! ¿Hermoso cuento!” Y, por supuesto, si tu mente te dice: “Eres un triunfador”, tampoco te lo tomes demasiado en serio. Simplemente dite a ti mismo: ¡Ajá, aquí está la historia del triunfador” ¡Gracias, mente mía! ¡Hermoso cuento!”
Cita de Margaret Fontey:
“Algo importante que he aprendido con los años es la diferencia entre tomarse en serio el trabajo de uno y tomarse a uno en serio. Lo primero es imperativo, lo segundo, desastroso”.
Recuerda: Tus juicios sobre ti mismo no son problemáticos en sí mismos. Sólo se vuelven problemáticos cuando te aferras demasiado a ellos. Por eso, con independencia de si son positivos o negativos, verdaderos o falsos, procura mantenerlos con cierto relativismo. Cuesta trabajo, pero cuanto más aflojes tu presión sobre esos juicios –tanto los positivos como los negativos- más llegarás a experimentar algo realmente maravilloso: auténtica AUTO-ACEPTACIÓN.
Puede que hayas oído hablar del concepto de “baja autoestima”. Es muy corriente entre profesionales de éxito. En cuanto consiguen sus objetivos, empiezan a aferrarse a la historia del “yo soy un ganador2 y eso les lleva a sentirse bien consigo mismos. Pero en el momento en que sus logros disminuyen –y, antes o después, ocurrirá porque no existe ningún “ser humano perfecto”- la historia cambia a “yo soy un perdedor”. Y si tienen el hábito de aferrarse firmemente a sus propios juicios sobre sí mismos, son absorbidos inmediatamente por el agujero negro del “yo soy un perdedor”. Este esquema crea una desesperante necesidad de conseguir más y más por miedo a convertirse en un “perdedor”, en un “fracasado” o un “rezagado”. Y esto, a su vez, conduce al estrés crónico, a la ansiedad de ejecución, al perfeccionismo y al “burnout”.
E incluso si fuéramos capaces, contra todo pronóstico, de arreglárnoslas para mantener firmemente la idea de “yo soy un ganador”, “soy una persona de éxito”, etc., a largo plazo, ¿qué efecto podría tener en nuestras relaciones con los demás? ¿Has intentado alguna vez de crear una relación rica y significativa, basada en la apertura, el respeto y la igualdad con alguien que sostiene firmemente la idea de “yo soy una persona de éxito”, “soy un campeón”, “soy un ganador”?
El mensaje a tener en cuenta: mantén tus propias descripciones y tus juicio9s sobre ti mismo con un sano relativismo. Independientemente de que sean positivas o negativas, verdaderas o falsas, no te aferres a ellas. Después de todo, sólo son palabras. ¿Acaso es la biografía de Nelson Mandela lo mismo que el propio Nelson Mandela? Claramente, no; no es más que un cúmulo de palabras. Y, con independencia de lo verdaderas o falsas que sean esas palabras, no se aproximan ni de lejos a la riqueza y plenitud de lo que es el propio ser viviente. (Después de todo, ¿con quién preferirías pasar el rato, con el propio Nelson Mandela o con un libro sobre él?).El mismo principio es válido para los propios juicios y auto-descripciones. En ACT no estamos interesados en si esos pensamientos son verdaderos o falsos, positivos o negativos. En lo que estamos interesados es en si es útil aferrarse a ellos. Y, es de esperar, puedes ver que tanto si tus juicios sobre ti mismo son positivos o negativos, si mantienes el hábito de aferrarte a ellos, eso sólo va a crearte problemas.
Lo que importa en la vida es lo que haces, no las historias que crees sobre ti mismo. Si dudas de esto, piensa en tu propio funeral; ¿te gustaría que la gente estuviera allí diciendo: “Lo que realmente admiré de él fue su alta opinión de sí mismo? ¿O preferirías que dijeran: “Lo que realmente admiré de él fue que siempre estuvo allí cada vez que lo necesité; él me ayudó, me respaldó, me animó a vivir la vida con plenitud”? Date cuenta de que puedes dedicarte a la gente que quieres y ayudarlos, respaldarlos y animarlos, independientemente de lo que pienses sobre ti mismo.
Ahora, si tu mente se parece a mi mente, te darás cuenta de que esos juicios sobre ti mismo cambian como el viento. Hay días en que mi mente me dice que soy un padre maravilloso y un marido cariñoso; y otros días mi mente me dice que soy un padre horrible y un marido egoísta. Hay días en que mi mente me dice que soy un escritor buenísimo; y otros días mi mente me dice que lo que escribo es una basura. Por eso, si tu mente te dice “Eres un perdedor”, no te lo creas. Simplemente, dale las gracias, ponle un título a ese cuento y deja que vaya y venga como le apetezca – ni te aferres a esa historia ni luches contra ella, ni trates de echarla lejos. Podrías decirte sencillamente: “¡Ajá, aquí está la historia del perdedor! ¡Muchas gracias, mente mía! ¿Hermoso cuento!” Y, por supuesto, si tu mente te dice: “Eres un triunfador”, tampoco te lo tomes demasiado en serio. Simplemente dite a ti mismo: ¡Ajá, aquí está la historia del triunfador” ¡Gracias, mente mía! ¡Hermoso cuento!”
Cita de Margaret Fontey:
“Algo importante que he aprendido con los años es la diferencia entre tomarse en serio el trabajo de uno y tomarse a uno en serio. Lo primero es imperativo, lo segundo, desastroso”.
Recuerda: Tus juicios sobre ti mismo no son problemáticos en sí mismos. Sólo se vuelven problemáticos cuando te aferras demasiado a ellos. Por eso, con independencia de si son positivos o negativos, verdaderos o falsos, procura mantenerlos con cierto relativismo. Cuesta trabajo, pero cuanto más aflojes tu presión sobre esos juicios –tanto los positivos como los negativos- más llegarás a experimentar algo realmente maravilloso: auténtica AUTO-ACEPTACIÓN.
COMPROMISO
ACEPTACIÓN, COMPROMISO: unidos como luz y sombra. Comprometerse con la propia vida es aceptar lo que la vida es. Aceptar las condiciones vitales que nos han tocado “en suerte” es comprometerse con la construcción del propio destino.
Porque me COMPROMETO con el CAMINO de mi vida,
ACEPTO las fatigas que produce el caminar
ya que quiero asegurarme de que mi itinerario vale la pena.
Porque me COMPROMETO a AMAR a quienes amo
ACEPTO las frustraciones que, a veces, enturbian el amor
ya que quiero fraguar un amor a prueba de desencantos.
Porque me COMPROMETO con mis METAS
ACEPTO la posibilidad del fracaso
ya que del fallo puedo cosechar una experiencia más madura.
Porque me COMPROMETO con mi TRABAJO
ACEPTO las exigencias de un sano perfeccionismo
ya que quiero que toda obra mía sea digna de mi firma.
Porque me COMPROMETO con mis VALORES
ACEPTO la sobrecarga de angustias y miedos
ya que sólo son niebla que entorpece pero no impide la marcha.
Porque me COMPROMETO con la VIDA
ACEPTO lo que la vida me depare
Ya que hay tanta vida en un instante de placer como en uno de dolor.
Porque quiero COMPROMETERME con un camino realista, me esforzaré en cambiar lo que esté en mi mano que sea cambiado, en aceptar lo que no pueda ser cambiado y en aprender a discriminar la diferencia.
Ramiro J. Álvarez
Porque me COMPROMETO con el CAMINO de mi vida,
ACEPTO las fatigas que produce el caminar
ya que quiero asegurarme de que mi itinerario vale la pena.
Porque me COMPROMETO a AMAR a quienes amo
ACEPTO las frustraciones que, a veces, enturbian el amor
ya que quiero fraguar un amor a prueba de desencantos.
Porque me COMPROMETO con mis METAS
ACEPTO la posibilidad del fracaso
ya que del fallo puedo cosechar una experiencia más madura.
Porque me COMPROMETO con mi TRABAJO
ACEPTO las exigencias de un sano perfeccionismo
ya que quiero que toda obra mía sea digna de mi firma.
Porque me COMPROMETO con mis VALORES
ACEPTO la sobrecarga de angustias y miedos
ya que sólo son niebla que entorpece pero no impide la marcha.
Porque me COMPROMETO con la VIDA
ACEPTO lo que la vida me depare
Ya que hay tanta vida en un instante de placer como en uno de dolor.
Porque quiero COMPROMETERME con un camino realista, me esforzaré en cambiar lo que esté en mi mano que sea cambiado, en aceptar lo que no pueda ser cambiado y en aprender a discriminar la diferencia.
Ramiro J. Álvarez
viernes, 5 de noviembre de 2010
Tomado de RUSS HARRIS
Tomado de Russ Harris
Unas notas del newsletter del Centro de Terapia de Aceptación y Compromiso de Russ Harris en Australia:
Autocompasión
Todos nos neurotizamos, nos equivocamos y hacemos muchos disparates. Y no importa lo aplicadamente que practiquemos la “conscienciación”, todos, de vez en cuando, hacemos el idiota por culpa de nuestras emociones, igual que una marioneta a la que le tiran de la cuerda, de modo que actuamos de manera inconveniente. Atrapados en nuestros pensamientos, debatiéndonos con nuestros sentimientos, perdemos el contacto con nuestros valores y terminamos por decir y hacer cosas que están muy lejos de la clase de persona que, en realidad, queremos ser. Cuando practicamos y aplicamos los principios de la ACT, vemos que este tipo de cosas nos ocurren con menos frecuencia. Pero la cuestión es que nunca vamos a conseguir ser perfectos. Volveremos a neurotizarnos una y otra, y otra vez más. Forma parte del ser humano.
Entonces, ¿Qué es lo que suele hacer tu mente cuando te pones neurótico? Si es como lo que hace mi propia mente, consiste en que agarra un buen palo y empieza a golpearte. Y resulta muy sorprendente. Mientras estamos creciendo, los adultos nos critican muchas veces para tratar de cambiar nuestro comportamiento; no es de extrañar que nosotros también empecemos a hacer lo mismo. Pero aunque pueda ser algo perfectamente natural, no es útil. Después de todo, si castigarte a ti mismo fuera una buena manera de cambiar tu comportamiento, ¿no tendrías que ser ya perfecto?
Seguramente habrás oído la frase de “el palo y la zanahoria”. Si quieres que un burro ande con su carga, puedes motivarlo con una zanahoria o con un palo. Los dos métodos conseguirán que el burro ande pero, con el tiempo, cuanto más le pegues al burro con el palo, más desgraciado y endeble se va a poner. Por otro lado, si recompensas al burro con una zanahoria cada vez que hace lo que tú quieres, a la larga, terminarás con un burro mucho más sano (que tendrá una visión nocturna realmente buena). Atizarse a uno mismo, venirse abajo, quedarse bloqueado –resulta tan ineficaz como darle a un burro con un palo. Ciertamente, podría ocurrir (digo, “podría”) que consiguieras moverte en la dirección adecuada a veces pero, a la larga, cuanto más lo hagas, más infeliz y debilucho te vas a sentir.
Ahora bien, no conozco ningún método para evitar que tu mente te siga empujando con el palo. Esos pensamientos autocríticos tienen pautas tienen pautas bien trazadas en tu cerebro; sencillamente, no las puedes borrar. Pero… puedes aprender a desengancharte de esos pensamientos cada vez que surjan. Puedes aprender a detectarlos, a etiquetarlos y a neutralizarlos. Puedes decir: “Ajá, aquí está otra vez, la historia de la neura. Muchas gracias, mente”. Y… puedes practicar la autocompasión.
La mayor investigadora mundial sobre autocompasión, Kristin Neff, describe 3 elementos de la autocompasión: conscienciación, amabilidad y comunalidad. Echémosles un vistazo:
A Conscienciación. Ábrete y haz sitio a todos esos sentimientos penosos –de ira, frustración, ansiedad, culpabilidad, tristeza-. Deslígate de todas esas penosas historias sobre neuras, errores o sobre no ser lo bastante bueno. Y ponte en contacto con el instante presente: regresa al “aquí y ahora”; observa lo que puedes ver, escuchar, tocar, saborear y oler; implícate completamente en aquello que estés haciendo.
B Amabilidad. Si alguien a quien quieres estuviera sintiendo lo que tú estás sintiendo en las mismas circunstancias, y quisieras ser amable con esa persona, ¿qué clase de palabras dirías? ¿Qué acciones llevarías a cabo? ¿qué gestos harías? Intenta decirte a ti mismo esas palabras amables (incluso si no es más que: “aquí estoy, contigo”). Y prueba a hacer esas mismas cosas amables contigo mismo (incluso el sólo hecho de imaginarse tratándose a uno mismo de esa manera llega a genera r un sentimiento de amabilidad). Una práctica especialmente potente –un gesto de auténtica amabilidad hacia ti mismo- es colocar la mano sobre la parte del cuerpo en la que estés experimentando con más intensidad ese sentimiento. Y dejar que la mana permanezca ahí, amablemente. Imagina que es la mano de alguien muy amable, tierno y cariñoso. Siente el calor que fluye desde la mano al interior de tu cuerpo. Mira si puedes captar ese sentimiento con amabilidad; acógelo como a un bebé que está llorando o a una delicada mariposa.
C Comunalidad. Considera lo que esta experiencia te muestra de lo que tienes en común con todos los seres humanos. Te enseña que eres un ser humano vivo y palpitante. Que tienes un corazón. Que importas. Y que estás enfrentándote a una de las mayores “vacíos de realidad” –un profundo vacío entre la realidad que tú deseas y tu propia realidad-. Es lo que cualquier ser humano normal siente en tales circunstancias. Es desagradable. Duele. No es deseable. Pero este sufrimiento es lo que nos une a todos los seres humanos del planeta. Estamos todos en el mismo bote.
Desde un espacio psicológico de autocompasión es posible empezar a considerar otros modos alternativos de cambiar la propia conducta –zanahoria en vez de palo.
Por suerte, en la ACT tenemos algo más eficaz que las zanahorias: tenemos valores. Por eso, después de practicar la autocompasión, ponte en contacto con tus propios valores y deja que ellos guíen tus acciones. Verás que eso es mucho más eficaz que apalearte continuamente (y, por supuesto, se realista: va a haber muchas ocasiones en las que te vas a olvidar de todo este rollo y volverás a azotarte con el palo. Después de todo, los hábitos no cambian de la noche a la mañana. Pero en el momento en el que te des cuenta de lo que estás haciendo… pues podrás tener un poco de compasión por ti mismo)
Un saludo
Unas notas del newsletter del Centro de Terapia de Aceptación y Compromiso de Russ Harris en Australia:
Autocompasión
Todos nos neurotizamos, nos equivocamos y hacemos muchos disparates. Y no importa lo aplicadamente que practiquemos la “conscienciación”, todos, de vez en cuando, hacemos el idiota por culpa de nuestras emociones, igual que una marioneta a la que le tiran de la cuerda, de modo que actuamos de manera inconveniente. Atrapados en nuestros pensamientos, debatiéndonos con nuestros sentimientos, perdemos el contacto con nuestros valores y terminamos por decir y hacer cosas que están muy lejos de la clase de persona que, en realidad, queremos ser. Cuando practicamos y aplicamos los principios de la ACT, vemos que este tipo de cosas nos ocurren con menos frecuencia. Pero la cuestión es que nunca vamos a conseguir ser perfectos. Volveremos a neurotizarnos una y otra, y otra vez más. Forma parte del ser humano.
Entonces, ¿Qué es lo que suele hacer tu mente cuando te pones neurótico? Si es como lo que hace mi propia mente, consiste en que agarra un buen palo y empieza a golpearte. Y resulta muy sorprendente. Mientras estamos creciendo, los adultos nos critican muchas veces para tratar de cambiar nuestro comportamiento; no es de extrañar que nosotros también empecemos a hacer lo mismo. Pero aunque pueda ser algo perfectamente natural, no es útil. Después de todo, si castigarte a ti mismo fuera una buena manera de cambiar tu comportamiento, ¿no tendrías que ser ya perfecto?
Seguramente habrás oído la frase de “el palo y la zanahoria”. Si quieres que un burro ande con su carga, puedes motivarlo con una zanahoria o con un palo. Los dos métodos conseguirán que el burro ande pero, con el tiempo, cuanto más le pegues al burro con el palo, más desgraciado y endeble se va a poner. Por otro lado, si recompensas al burro con una zanahoria cada vez que hace lo que tú quieres, a la larga, terminarás con un burro mucho más sano (que tendrá una visión nocturna realmente buena). Atizarse a uno mismo, venirse abajo, quedarse bloqueado –resulta tan ineficaz como darle a un burro con un palo. Ciertamente, podría ocurrir (digo, “podría”) que consiguieras moverte en la dirección adecuada a veces pero, a la larga, cuanto más lo hagas, más infeliz y debilucho te vas a sentir.
Ahora bien, no conozco ningún método para evitar que tu mente te siga empujando con el palo. Esos pensamientos autocríticos tienen pautas tienen pautas bien trazadas en tu cerebro; sencillamente, no las puedes borrar. Pero… puedes aprender a desengancharte de esos pensamientos cada vez que surjan. Puedes aprender a detectarlos, a etiquetarlos y a neutralizarlos. Puedes decir: “Ajá, aquí está otra vez, la historia de la neura. Muchas gracias, mente”. Y… puedes practicar la autocompasión.
La mayor investigadora mundial sobre autocompasión, Kristin Neff, describe 3 elementos de la autocompasión: conscienciación, amabilidad y comunalidad. Echémosles un vistazo:
A Conscienciación. Ábrete y haz sitio a todos esos sentimientos penosos –de ira, frustración, ansiedad, culpabilidad, tristeza-. Deslígate de todas esas penosas historias sobre neuras, errores o sobre no ser lo bastante bueno. Y ponte en contacto con el instante presente: regresa al “aquí y ahora”; observa lo que puedes ver, escuchar, tocar, saborear y oler; implícate completamente en aquello que estés haciendo.
B Amabilidad. Si alguien a quien quieres estuviera sintiendo lo que tú estás sintiendo en las mismas circunstancias, y quisieras ser amable con esa persona, ¿qué clase de palabras dirías? ¿Qué acciones llevarías a cabo? ¿qué gestos harías? Intenta decirte a ti mismo esas palabras amables (incluso si no es más que: “aquí estoy, contigo”). Y prueba a hacer esas mismas cosas amables contigo mismo (incluso el sólo hecho de imaginarse tratándose a uno mismo de esa manera llega a genera r un sentimiento de amabilidad). Una práctica especialmente potente –un gesto de auténtica amabilidad hacia ti mismo- es colocar la mano sobre la parte del cuerpo en la que estés experimentando con más intensidad ese sentimiento. Y dejar que la mana permanezca ahí, amablemente. Imagina que es la mano de alguien muy amable, tierno y cariñoso. Siente el calor que fluye desde la mano al interior de tu cuerpo. Mira si puedes captar ese sentimiento con amabilidad; acógelo como a un bebé que está llorando o a una delicada mariposa.
C Comunalidad. Considera lo que esta experiencia te muestra de lo que tienes en común con todos los seres humanos. Te enseña que eres un ser humano vivo y palpitante. Que tienes un corazón. Que importas. Y que estás enfrentándote a una de las mayores “vacíos de realidad” –un profundo vacío entre la realidad que tú deseas y tu propia realidad-. Es lo que cualquier ser humano normal siente en tales circunstancias. Es desagradable. Duele. No es deseable. Pero este sufrimiento es lo que nos une a todos los seres humanos del planeta. Estamos todos en el mismo bote.
Desde un espacio psicológico de autocompasión es posible empezar a considerar otros modos alternativos de cambiar la propia conducta –zanahoria en vez de palo.
Por suerte, en la ACT tenemos algo más eficaz que las zanahorias: tenemos valores. Por eso, después de practicar la autocompasión, ponte en contacto con tus propios valores y deja que ellos guíen tus acciones. Verás que eso es mucho más eficaz que apalearte continuamente (y, por supuesto, se realista: va a haber muchas ocasiones en las que te vas a olvidar de todo este rollo y volverás a azotarte con el palo. Después de todo, los hábitos no cambian de la noche a la mañana. Pero en el momento en el que te des cuenta de lo que estás haciendo… pues podrás tener un poco de compasión por ti mismo)
Un saludo
El veneno de una rosa
Al ajustar su cinturón de seguridad, Personaje Junior notó la molestia de la rosa olvidada en la solapa. Una tontería de la vieja ama de llaves. Dio un tirón para deshacerse de la flor y sintió el pinchazo de una espina en su dedo. Se llevó la mano a la boca para chupar la gotita de sangre de la herida e, inadvertidamente, aspiró la fragancia de los pétalos. Decidió conservarla en lugar de tirarla a la papelera y, así, aspirando el perfume de la rosa, se preguntó por el sentido del ritual de la vieja ama de llaves que, cada mañana, adornaba su bandeja de desayuno con una flor de temporada que luego prendía en el ojal de la solapa.
Una excentricidad de la eficiente mujer, sin duda; ella, siempre tan exacta como un reloj suizo con todos los pormenores de la casa. Desde que él era un niño bien pequeño, la buena de la mujer se había ocupado de todos los pormenores domésticos, ahorrándole a él un tiempo precioso para dedicarlo por completo a los estudios primero y a la dirección del imperio económico de la familia cuando le tocó heredarlo de su anciano padre, Personaje Senior.
Una rosa entre balances, proyectos, análisis financieros, gráficas bursátiles... un elemento ciertamente inútil pero que aportaba su nota de perfume a todo aquel árido paisaje. Mientras olía la flor, una oleada de calma inundó su ánimo; una especie de tranquilidad y... ¿agradecimiento? Sí, gratitud hacia la vieja ama de llaves por tomarse el trabajo de intentar alegrar su jornada laboral con la flor fresca de cada mañana.
En la otra fila de asientos, la secretaria, con las gafas caladas, revisaba informes y contratos, ordenaba citas y comidas de trabajo, se afanaba en organizarle la mejor agenda posible para que nada lo perturbara en su actividad decisoria al timón del emporio empresarial que él gobernaba. Así había sido, día tras día, durante los últimos años. Y, ahora que caía en la cuenta, él siempre se había dirigido a ella sin siquiera mirarla. Sintió el impulso de darle las gracias así que le tendió la flor al tiempo que, con una sonrisa, le recomendaba que dejara todo aquel papeleo para disfrutar un poco del viaje.
Se acercó hasta la cabina del piloto, siempre disponible a cualquier hora del día o de la noche para trasladarlo de costa a costa, como una flecha, en el ágil jet privado que era su segunda casa. Recordó vagamente que, el mismo día que había nacido el primer hijo del piloto, había tenido que ordenarle un viaje imprevisto al extremo del país y el leal aviador no había puesto un pero. Le dio una palmada en la espalda al tiempo que le preguntaba –con verdadero interés y por primera vez en la historia- por la familia y se disculpaba por su falta de consideración de otras ocasiones.
Personaje Junior tomó asiento en el lugar asiento del copiloto y pensó –por primera vez- en todo su equipo de colaboradores como personas con vida y sentimientos propios. Se daba cuenta de que era el dueño de una gran empresa; sí, pero no sólo por mérito propio sino gracias a la aportación de cada uno de sus empleados.
Le pidió al piloto que enviara un mensaje a los directores de todas las oficinas y sucursales:
Transmita en mi nombre a todos los empleados de su oficina y hágase usted mismo cargo del siguiente mensaje: MUCHAS GRACIAS.
Desde la cabina del aparato, la vista era espectacular. Personaje Junior, por primera vez, se sintió realmente en la cima del mundo
GRATITUD
Desde un punto de vista “erudito” podríamos diseccionar la GRATITUD en sus principios constituyentes de: reconocimiento intelectual del favor recibido, valoración personal del mismo y respuesta afectiva de conexión con la persona o entidad benefactora. Desde un punto de vista práctico, podemos considerar la GRATITUD como una virtud exclusivamente humana por medio de la cual somos capaces de conectar nuestras propias debilidades y necesidades con la presencia y generosidad de los demás, obteniendo como resultado –simultáneamente- un sentimiento de humildad y grandeza: humildad ante el reconocimiento de nuestras carencias y grandeza por la constatación de que alguien o algo nos entrega gratuitamente aquello que necesitamos, simplemente –y precisamente- por ser quien somos.
En todo caso, la GRATITUD es un componente esencial del entramado de las emociones humanas, una virtud con poder TRANSFORMACIONAL (convierte la adversidad en oportunidad, la tristeza en agradecimiento...) y con capacidad para reforzar nuestra unión con los demás y con la vida.
Podemos experimentar agradecimiento hacia las personas, los acontecimientos, la divinidad y por medio de la GRATITUD reforzamos nuestra vinculación con todos esos elementos. Además, cuanto más nos sumergimos en vivencias de GRATITUD, más elementos positivos inyectamos en nuestro depósito psíquico y, en consecuencia, más positiva se vuelve nuestra visión del mundo, nuestras expectativas y nuestro tono afectivo en general.
El agradecimiento es un elemento básico de la Psicología Positiva y, en la actualidad, muchas líneas de investigación psicológica se dirigen hacia la constatación de los saludables efectos –psíquicos y físicos- de la puesta en juego de la GRATITUD.
PROPUESTA
Nuestra propuesta de comienzo de año es convertir 2008 en el AÑO DEL AGRADECIMIENTO con el fin de recargar nuestro depósito emocional con amplias dosis de elementos positivos de manera que, a lo largo de los próximos doce meses, no nos falten recursos con los que abastecer nuestra salud mental, física y emocional y podamos contar con una nutrida despensa para alimentar nuestra autoestima.
En concreto, la primera propuesta consiste en realizar un recuento de motivos de gratitud, grandes y pequeños, desde consejos que pudieron haber cambiado el curso de nuestra vida hasta pequeños detalles que nos hacen la vida más agradable, e identificar al responsable directo de nuestro agradecimiento.
A la hora de poner en marcha este ejercicio es conveniente que prestemos especial atención a aquellos elementos normales y cotidianos de nuestra vida, a esas cosas o circunstancias que, por excesivamente habituales, hemos dejado de valorar pese a que poseen un valor evidente.
Podemos organizar el recuento de la siguiente manera:
ELEMENTOS DE GRATITUD GRACIAS A
La tertulia con los amigos Los amigos, que están siempre presentes
El libro X Fulano que me lo recomendó
Etc. Etc.
BIBLIOTERAPIA
En memoria y agradecimiento a dos grandes psicólogos fallecidos en el último tercio del año pasado:
Título: Pregunte a Albert Ellis Ediciones Obelisco, Barcelona
Composición: Pequeñas grageas sobre todos los temas del vivir
Indicaciones: Primeros auxilios ante las demandas vitales, estados de confusión, indecisión, etc.
Título: El Arte de Amargarse La Vida. Autor: Paul Watzlawick. Edit. Herder
Composición: Reflexiones caricaturizadas y serias sobre modos equivocados de enfrentarse a la vida.
Indicaciones: Como terapia de mantenimiento, refuerzo ante toma de decisiones, dudas vitales, etc.
Una excentricidad de la eficiente mujer, sin duda; ella, siempre tan exacta como un reloj suizo con todos los pormenores de la casa. Desde que él era un niño bien pequeño, la buena de la mujer se había ocupado de todos los pormenores domésticos, ahorrándole a él un tiempo precioso para dedicarlo por completo a los estudios primero y a la dirección del imperio económico de la familia cuando le tocó heredarlo de su anciano padre, Personaje Senior.
Una rosa entre balances, proyectos, análisis financieros, gráficas bursátiles... un elemento ciertamente inútil pero que aportaba su nota de perfume a todo aquel árido paisaje. Mientras olía la flor, una oleada de calma inundó su ánimo; una especie de tranquilidad y... ¿agradecimiento? Sí, gratitud hacia la vieja ama de llaves por tomarse el trabajo de intentar alegrar su jornada laboral con la flor fresca de cada mañana.
En la otra fila de asientos, la secretaria, con las gafas caladas, revisaba informes y contratos, ordenaba citas y comidas de trabajo, se afanaba en organizarle la mejor agenda posible para que nada lo perturbara en su actividad decisoria al timón del emporio empresarial que él gobernaba. Así había sido, día tras día, durante los últimos años. Y, ahora que caía en la cuenta, él siempre se había dirigido a ella sin siquiera mirarla. Sintió el impulso de darle las gracias así que le tendió la flor al tiempo que, con una sonrisa, le recomendaba que dejara todo aquel papeleo para disfrutar un poco del viaje.
Se acercó hasta la cabina del piloto, siempre disponible a cualquier hora del día o de la noche para trasladarlo de costa a costa, como una flecha, en el ágil jet privado que era su segunda casa. Recordó vagamente que, el mismo día que había nacido el primer hijo del piloto, había tenido que ordenarle un viaje imprevisto al extremo del país y el leal aviador no había puesto un pero. Le dio una palmada en la espalda al tiempo que le preguntaba –con verdadero interés y por primera vez en la historia- por la familia y se disculpaba por su falta de consideración de otras ocasiones.
Personaje Junior tomó asiento en el lugar asiento del copiloto y pensó –por primera vez- en todo su equipo de colaboradores como personas con vida y sentimientos propios. Se daba cuenta de que era el dueño de una gran empresa; sí, pero no sólo por mérito propio sino gracias a la aportación de cada uno de sus empleados.
Le pidió al piloto que enviara un mensaje a los directores de todas las oficinas y sucursales:
Transmita en mi nombre a todos los empleados de su oficina y hágase usted mismo cargo del siguiente mensaje: MUCHAS GRACIAS.
Desde la cabina del aparato, la vista era espectacular. Personaje Junior, por primera vez, se sintió realmente en la cima del mundo
GRATITUD
Desde un punto de vista “erudito” podríamos diseccionar la GRATITUD en sus principios constituyentes de: reconocimiento intelectual del favor recibido, valoración personal del mismo y respuesta afectiva de conexión con la persona o entidad benefactora. Desde un punto de vista práctico, podemos considerar la GRATITUD como una virtud exclusivamente humana por medio de la cual somos capaces de conectar nuestras propias debilidades y necesidades con la presencia y generosidad de los demás, obteniendo como resultado –simultáneamente- un sentimiento de humildad y grandeza: humildad ante el reconocimiento de nuestras carencias y grandeza por la constatación de que alguien o algo nos entrega gratuitamente aquello que necesitamos, simplemente –y precisamente- por ser quien somos.
En todo caso, la GRATITUD es un componente esencial del entramado de las emociones humanas, una virtud con poder TRANSFORMACIONAL (convierte la adversidad en oportunidad, la tristeza en agradecimiento...) y con capacidad para reforzar nuestra unión con los demás y con la vida.
Podemos experimentar agradecimiento hacia las personas, los acontecimientos, la divinidad y por medio de la GRATITUD reforzamos nuestra vinculación con todos esos elementos. Además, cuanto más nos sumergimos en vivencias de GRATITUD, más elementos positivos inyectamos en nuestro depósito psíquico y, en consecuencia, más positiva se vuelve nuestra visión del mundo, nuestras expectativas y nuestro tono afectivo en general.
El agradecimiento es un elemento básico de la Psicología Positiva y, en la actualidad, muchas líneas de investigación psicológica se dirigen hacia la constatación de los saludables efectos –psíquicos y físicos- de la puesta en juego de la GRATITUD.
PROPUESTA
Nuestra propuesta de comienzo de año es convertir 2008 en el AÑO DEL AGRADECIMIENTO con el fin de recargar nuestro depósito emocional con amplias dosis de elementos positivos de manera que, a lo largo de los próximos doce meses, no nos falten recursos con los que abastecer nuestra salud mental, física y emocional y podamos contar con una nutrida despensa para alimentar nuestra autoestima.
En concreto, la primera propuesta consiste en realizar un recuento de motivos de gratitud, grandes y pequeños, desde consejos que pudieron haber cambiado el curso de nuestra vida hasta pequeños detalles que nos hacen la vida más agradable, e identificar al responsable directo de nuestro agradecimiento.
A la hora de poner en marcha este ejercicio es conveniente que prestemos especial atención a aquellos elementos normales y cotidianos de nuestra vida, a esas cosas o circunstancias que, por excesivamente habituales, hemos dejado de valorar pese a que poseen un valor evidente.
Podemos organizar el recuento de la siguiente manera:
ELEMENTOS DE GRATITUD GRACIAS A
La tertulia con los amigos Los amigos, que están siempre presentes
El libro X Fulano que me lo recomendó
Etc. Etc.
BIBLIOTERAPIA
En memoria y agradecimiento a dos grandes psicólogos fallecidos en el último tercio del año pasado:
Título: Pregunte a Albert Ellis Ediciones Obelisco, Barcelona
Composición: Pequeñas grageas sobre todos los temas del vivir
Indicaciones: Primeros auxilios ante las demandas vitales, estados de confusión, indecisión, etc.
Título: El Arte de Amargarse La Vida. Autor: Paul Watzlawick. Edit. Herder
Composición: Reflexiones caricaturizadas y serias sobre modos equivocados de enfrentarse a la vida.
Indicaciones: Como terapia de mantenimiento, refuerzo ante toma de decisiones, dudas vitales, etc.
EL ÚLTIMO ASIENTO CONTABLE
EL ÚLTIMO ASIENTO CONTABLE
La llamada del timbre le hizo dar un respingo volviéndolo a la gris realidad de la fría tarde de diciembre. Se levantó con dificultad para abrir la puerta y, en su renquear artrítico, comprobó que ahora ya, sin duda alguna, no era más que un jubilado.
El día del retiro había llegado sin alardes; una jornada más en la rutina de la oficina. El director lo había llamado a su despacho y, sin otra cosa, le había entregado la liquidación; después, un apretón de manos y un gesto vago señalando hacia la puerta. Eso fue todo; ni comida de homenaje, ni –menos aún- el reloj chapado en oro con el nombre grabado que, en sus años mozos, se entregaba como recuerdo a quienes se jubilaban.
Sin duda, los tiempos habían cambiado; no sólo los ordenadores habían venido a sustituir a los nobles libros de contabilidad sino que, además, el trato impersonal en el trabajo había echado fuera la afabilidad familiar que antaño caracterizaba a la oficina.
El suspiro que salía de sus labios cuando, al fin, abrió la puerta se convirtió en exclamación de sorpresa: allí, en el suelo, habían dejado un paquete con sus señas pero el portador había desaparecido cansado, sin duda, de la considerable espera proporcional al largo recorrido del pasillo.
Seguramente sería un regalo de despedida; no iban a deshacerse de él, simplemente, olvidándolo como un elemento más del viejo mobiliario que habían ido arrinconando en los trasteros. Por el tamaño, un reloj no podía ser, ¿sería tal vez un libro?
Un libro, en efecto. Sentado en su sillón de mimbre lo había desempaquetado con el mimo de quien manipula una figura delicada de porcelana. No era muy amante de la lectura; los únicos libros de su vida eran los de contabilidad, los que había manejado siempre en la oficina antes de los ordenadores pero el libro aquel tenía algo que lo intrigaba. Volvió a leer el título: Historia de mi vida y, luego, pasó a la primera página.
Al principio, los hechos allí narrados le parecían vagamente familiares. Luego, a medida que fue leyendo, pudo comprobar cómo, uno a uno, los capítulos iban montando la historia de su propio fracaso: los estudios inacabados, el noviazgo interrumpido, el empleo gris, las oportunidades perdidas... página a página, fue recorriendo de nuevo su periplo vital, cada vez más consciente de su soledad, cada vez más sobrecogido por la inminencia del final.
Cuando llegó a la última hoja, convencido de que se iba a morir en aquel mismo instante, se encontró con la sorpresa de la página en blanco. Se quedó un rato pensativo, mirando por la ventana y, finalmente, tomó una decisión.
Preparó su maleta con lo más imprescindible y se echó a la calle, dispuesto a hacer auto-stop. No sabía cuánto tiempo podría caber aún en aquella última página pero, fuera el que fuera, él llevaba consigo su lista de ilusiones, todas las cosas que nunca se había atrevido a hacer. Y sabía que aquel era el mejor momento para poner el broche de oro a su propia historia.
La llamada del timbre le hizo dar un respingo volviéndolo a la gris realidad de la fría tarde de diciembre. Se levantó con dificultad para abrir la puerta y, en su renquear artrítico, comprobó que ahora ya, sin duda alguna, no era más que un jubilado.
El día del retiro había llegado sin alardes; una jornada más en la rutina de la oficina. El director lo había llamado a su despacho y, sin otra cosa, le había entregado la liquidación; después, un apretón de manos y un gesto vago señalando hacia la puerta. Eso fue todo; ni comida de homenaje, ni –menos aún- el reloj chapado en oro con el nombre grabado que, en sus años mozos, se entregaba como recuerdo a quienes se jubilaban.
Sin duda, los tiempos habían cambiado; no sólo los ordenadores habían venido a sustituir a los nobles libros de contabilidad sino que, además, el trato impersonal en el trabajo había echado fuera la afabilidad familiar que antaño caracterizaba a la oficina.
El suspiro que salía de sus labios cuando, al fin, abrió la puerta se convirtió en exclamación de sorpresa: allí, en el suelo, habían dejado un paquete con sus señas pero el portador había desaparecido cansado, sin duda, de la considerable espera proporcional al largo recorrido del pasillo.
Seguramente sería un regalo de despedida; no iban a deshacerse de él, simplemente, olvidándolo como un elemento más del viejo mobiliario que habían ido arrinconando en los trasteros. Por el tamaño, un reloj no podía ser, ¿sería tal vez un libro?
Un libro, en efecto. Sentado en su sillón de mimbre lo había desempaquetado con el mimo de quien manipula una figura delicada de porcelana. No era muy amante de la lectura; los únicos libros de su vida eran los de contabilidad, los que había manejado siempre en la oficina antes de los ordenadores pero el libro aquel tenía algo que lo intrigaba. Volvió a leer el título: Historia de mi vida y, luego, pasó a la primera página.
Al principio, los hechos allí narrados le parecían vagamente familiares. Luego, a medida que fue leyendo, pudo comprobar cómo, uno a uno, los capítulos iban montando la historia de su propio fracaso: los estudios inacabados, el noviazgo interrumpido, el empleo gris, las oportunidades perdidas... página a página, fue recorriendo de nuevo su periplo vital, cada vez más consciente de su soledad, cada vez más sobrecogido por la inminencia del final.
Cuando llegó a la última hoja, convencido de que se iba a morir en aquel mismo instante, se encontró con la sorpresa de la página en blanco. Se quedó un rato pensativo, mirando por la ventana y, finalmente, tomó una decisión.
Preparó su maleta con lo más imprescindible y se echó a la calle, dispuesto a hacer auto-stop. No sabía cuánto tiempo podría caber aún en aquella última página pero, fuera el que fuera, él llevaba consigo su lista de ilusiones, todas las cosas que nunca se había atrevido a hacer. Y sabía que aquel era el mejor momento para poner el broche de oro a su propia historia.
LA ETAPA MÁS DURA
Detuvo el paso cuando divisó la cruz de piedra que señalaba la proximidad de la posada y se preguntó si la escena volvería a repetirse una vez más. Todo aquello no tenía lógica y por más que lo había razonado consigo misma no fue capaz de encontrarle una explicación coherente. Sintió la tentación de dar la vuelta, desistir del viaje y regresar a la rutina de cada día, las amigas, las copas, el aburrimiento. Pero la jornada, a pesar del cansancio, había merecido la pena y pensó que, si le tocaba repetirla de nuevo, no le iba a importar demasiado.
Se había pasado el año preparando la peregrinación a Compostela con su compañera de trabajo. En el último momento, el esguince desafortunado de su colega la puso en el brete de tener que decidir entre posponer la aventura un año más, hasta las siguientes vacaciones, o bien emprender el camino ella sola. Pero había sido tanto el entusiasmo vertido en los preparativos que no dudó un momento en enfrentarse a la aventura en solitario –nadie está realmente solo en el camino de Compostela- prometiéndole a su compañera repetir con ella la experiencia, de nuevo, al año siguiente.
A lo mejor, tenía algo que ver el hecho de haberse pasado la noche prácticamente en vela con la emoción de iniciar el camino; puede que, al final, todo aquello no fuera más que una ensoñación matinal, un estado de duermevela. O tal vez era algo más profundo; uno de esos fenómenos que ocurren sin que jamás se les pueda atribuir una razón lógica. En todo caso, ahora que, al fin, había arrancado, tampoco quería darle más vueltas al asunto.
Cuando se puso en marcha la primera, tras calzarse las gruesas botas nuevas, cargar la mochila a la espalda y empuñar el bordón, aún no había amanecido. Recordaba haber comenzado la caminata en plena oscuridad, consciente de cada uno de los pasos, acera adelante. Las botas pesaban y resonaban contra el adoquinado con chasquidos de metal y así, paso a paso, había ido dejando atrás las calles mientras se acercaba a los límites de la ciudad. Luego, echó a andar carretera adelante hasta dar con el primer enlace que la condujo al camino de los peregrinos.
En cuanto los primeros rayos de sol se asomaron por su espalda, había extraído el mapa del bolsillo exterior de la mochila y lo había abierto teniendo buen cuidado de orientarlo correctamente: el borde derecho del mapa hacia la luz naciente de modo que tanto el camino verdadero como el trazado sobre el papel extendían ante ella los mismos quiebros sinuosos. Luego, había tomado su libreta de anotaciones para cotejar con el mapa los posibles lugares de descanso y refresco. Había repasado los cálculos de distancias y tiempos, las curvas de nivel y los llanos y, una vez comprobado que todo concordaba, había proseguido la marcha hacia su primer punto de parada.
La jornada había ido transcurriendo según lo previsto. Ella comprobaba cada rótulo de pueblo, cada nombre de río, en su mapa y en su libreta; consultaba el reloj a cada rato y ajustaba el ritmo de su marcha a los tiempos programados en su cuaderno. A veces, otros peregrinos la adelantaban o era ella la que superaba a algún otro caminante pero había caminado tan ensimismada en sus cálculos que ni se había percatado de la existencia de la gente a su alrededor.
Al atardecer, había avistado la cruz de piedra que anunciaba la proximidad del albergue donde había programado pasar la noche. Se aseguró, una vez más, de que los cálculos encajaban y apuró el paso para llegar cuanto antes y conseguir una cama en la que reposar tras la ardua jornada. Había sido en ese momento cuando el anciano peregrino sentado en la base de la cruz le dirigió la palabra.
- Buenas tardes, joven . ¿Qué tal ha ido tu etapa?
- Todo según lo previsto –ella había mostrado su libreta con gesto triunfante-. He cubierto mis treinta kilómetros en el tiempo correspondiente y ahora voy a reservar mi plaza en el albergue para descansar.
- Estupendo –le había replicado el viejo con un gesto divertido-. Pero no te pregunto por números y marcas sino por “tu” etapa.
Ella se había quedado pensativa. El énfasis en el “tu” le había sonado a algo mucho más íntimo y profundo que la simple mecánica de una caminata regulada por trayectos marcados y horarios estipulados.
- Bueno –había empezado a decir ella-, primero he tomado dirección norte durante veinte minutos; luego he seguido la ruta hacia el oeste durante dos horas con una primera parada de quince minutos en la Fuente del Caño y luego...
Recordaba el gesto compasivo del anciano peregrino meneando la cabeza con aire triste mientras atendía a todo su relatorio. Al final, el hombre le había dicho simplemente:
- Bien, amiga mía; el caso es que todavía no has cubierto “tu” etapa.
Y entonces ella se había despertado en su cama, en su casa, en su ciudad. Junto al lecho, la mochila y el bordón y, a los pies de la cama, bien emparejadas, las botas para el camino. Miró el despertador: era la hora fijada para ponerse en marcha. Saltó de la cama y comenzó a prepararse para el viaje.
Todo aquello hubiera pasado por un sueño chocante si no fuera porque, al calzarse, comprobó que las botas ya habían sido usadas; los pliegues, las arrugas y el ligero desgaste del talón evidenciaban ya una buena caminata. También el bordón ofrecía un tacto suave en el punto de agarre; la madera estaba pulida por el roce de la mano y, en cuanto a la mochila, se adaptaba a la espalda de un modo sospechosamente cómodo, como si hubiera sido llevada a cuestas durante una larga jornada.
Sin saber muy bien qué pensar de aquel sueño tan vívido, se había puesto de nuevo en marcha. Esta vez, había caminado pensativa toda la jornada, ensimismada, dándole vueltas al posible sentido de su visión. La expresión “’tu’ etapa” se había convertido en una especie de obsesión que la abrumaba y, así, pronto empezó a notar el cansancio del camino.
Al atardecer había llegado a la cruz de piedra que señala la proximidad del albergue. No se sorprendió mucho cuando el veterano peregrino se levantó para saludarla.
- Buenas tardes, joven –los ojos del hombre brillaban con un toque de malicia- ¿Cómo ha ido tu etapa?
Ella se encogió de hombros cuando respondió:
- Me duelen los pies de tanto caminar, me zumba la cabeza de tanto pensar, no siento la espalda de tanto cargar la mochila...
- No, no, hija mía; esos son tus pesares pero no “tu” etapa.
Cuando se despertó –de nuevo- en su propia cama, comprobó que las botas estaban un poco más gastadas, el bordón un poco más pulido y la mochila un poco más sobada. Se preguntaba qué sentido podía tener todo aquella extraña pesadilla que estaba viviendo pero, echó mano de su buen ánimo y, una vez más, se dispuso a emprender la marcha para intentar cubrir –por tercera vez- la primera etapa de su peregrinaje.
Y la verdad es que hasta aquel momento todo había transcurrido a las mil maravillas: por la mañana, la había sorprendido el variado canto de los pájaros antes de la salida del sol, se había maravillado con las infinitas tonalidades del amanecer y había percibido, extasiada, el aroma de la hierba y de las flores. A lo largo de la jornada, se había ido encontrando con diversos compañeros de viaje y había respondido a todos los saludos; a veces, se esforzaba en alcanzar a los más adelantados y, a veces, se molestaba en aguardar a los rezagados. Había compartido almuerzos y cantimploras, aprendido canciones extranjeras y enseñado coplas de su tierra.
Y, así, sin darse cuenta, había llegado -una vez más- al pie de la cruz de piedra que señala la proximidad de la posada.
Titubeó un instante al encontrarse con la mirada serena del anciano que le tendía una cantimplora pero era tanta la felicidad que había recolectado en aquella jornada que la posibilidad de tener que repetirla de nuevo no le preocupaba en absoluto. Por eso, esta vez no esperó a que el viejo peregrino le dirigiera su pregunta sino que dejó la mochila en el suelo y fue a sentarse junto a él:
- ¿Y tú cómo llevas tu camino, amigo? –tomó un largo trago de la cantimplora que le tendía el peregrino y se secó con el dorso de la mano- ¿Es que nunca sales de este sitio? Si necesitas compañía, yo puedo marchar contigo mañana y ayudarte en los tramos más duros.
El viejo peregrino sonrió mientras volvía a guardar la cantimplora en su macuto:
- Hoy sí que has cubierto “tu” etapa; ahora ya estás en el camino...
MI METÁFORA FAVORITA
Me gusta echar mano de historias de peregrinos porque considero que la vida puede ser comparable al Camino de Santiago. En primer lugar, para decidirse a hacer el Camino, es necesario tener un motivo personal importante; ya se trate de motivaciones religiosas, deportivas, paisajísticas, de aventura o de cualquier otra índole, ante todo, se precisa tener bien claro el motivo personal para ponerse en marcha.
Porque, antes o después, a lo largo del camino –del de Santiago y del de la vida- los pies se cubrirán de ampollas, el calor, el frío y el cansancio nos entorpecerán la marcha, sufriremos alguna torcedura de tobillo y puede que algún que otro tropezón, la lluvia nos calará hasta los huesos y el sol nos resecará la piel y entonces, en medio de la incómoda realidad que vendrá a disipar las fantasías idealizadas de la marcha, el caminante tendrá que revisar seriamente sus verdaderos motivos para seguir adelante. Y entonces, sólo quien tenga bien claros sus objetivos tendrá el coraje de seguir adelante; los demás, seguramente, se volverán a casa.
Pero el nivel de satisfacción personal, las historias que unos y otros cuenten a sus nietos el día de mañana habrán de ser bien diferentes.
LA FÓRMULA DE LA AUTOESTIMA
Como recordatorio para la vuelta de vacaciones, repetimos nuestra fórmula personal de la autoestima: A = (C * I) + E.
A: Autoestima
C: Cualidades, los “dones” que, en mayor o menor medida poseemos de forma natural
*: Signo de multiplicación
I: Intentos; las veces que ponemos en práctica nuestros dones o que nos esforzamos por mejorar nuestro desempeño habitual en cualquier terreno
E: Efectos: Ya sean los resultados de nuestro esfuerzo o los comentarios de las otras personas.
Según esta fórmula se puede ver que tanto o más importante que las cualidades de las que podamos estar dotados –o de las que carezcamos- el factor crucial es el esfuerzo personal, los “intentos”, el elemento que determina el valor de nuestros resultados en todos los campos. Con los intentos, las cualidades mejoran y, en cuanto a los comentarios ajenos, haríamos muy bien en aprender a pasarlos por alto para que nuestra autoestima llegue a ser un asunto meramente personal nuestro en lugar de dejarla en manos ajenas.
BIBLIOTERAPIA
Título: La Impaciencia del corazón. Autor: Stefan Zweig. Editorial: Acantilado. Barcelona, 2006
Formato: Novela (los libros de autoayuda, como los antibióticos, con el exceso de uso pierden eficacia).
Composición: Ejemplo de límites a los que se puede llegar por poner los planes vitales en manos de otros. Reflexión sobre la necesidad de mantener el equilibrio entre la ayuda a los demás y los propios intereses.
Indicaciones: Apropiado para personas con tendencia a perder de vista las necesidades propias, a poner a los demás por delante de uno mismo.
Contraindicaciones: Las personas con tendencia a la sobreprotección deberán leerlo a pequeñas dosis.
Efectos secundarios: Posibles sentimientos encontrados. El lector deberá aclararse consigo mismo respecto a sus objetivos vitales.
FRASE DE ORO
Si no intentas grandes cosas, no las lograrás. (2ª ley de Pero Grullo)
Se había pasado el año preparando la peregrinación a Compostela con su compañera de trabajo. En el último momento, el esguince desafortunado de su colega la puso en el brete de tener que decidir entre posponer la aventura un año más, hasta las siguientes vacaciones, o bien emprender el camino ella sola. Pero había sido tanto el entusiasmo vertido en los preparativos que no dudó un momento en enfrentarse a la aventura en solitario –nadie está realmente solo en el camino de Compostela- prometiéndole a su compañera repetir con ella la experiencia, de nuevo, al año siguiente.
A lo mejor, tenía algo que ver el hecho de haberse pasado la noche prácticamente en vela con la emoción de iniciar el camino; puede que, al final, todo aquello no fuera más que una ensoñación matinal, un estado de duermevela. O tal vez era algo más profundo; uno de esos fenómenos que ocurren sin que jamás se les pueda atribuir una razón lógica. En todo caso, ahora que, al fin, había arrancado, tampoco quería darle más vueltas al asunto.
Cuando se puso en marcha la primera, tras calzarse las gruesas botas nuevas, cargar la mochila a la espalda y empuñar el bordón, aún no había amanecido. Recordaba haber comenzado la caminata en plena oscuridad, consciente de cada uno de los pasos, acera adelante. Las botas pesaban y resonaban contra el adoquinado con chasquidos de metal y así, paso a paso, había ido dejando atrás las calles mientras se acercaba a los límites de la ciudad. Luego, echó a andar carretera adelante hasta dar con el primer enlace que la condujo al camino de los peregrinos.
En cuanto los primeros rayos de sol se asomaron por su espalda, había extraído el mapa del bolsillo exterior de la mochila y lo había abierto teniendo buen cuidado de orientarlo correctamente: el borde derecho del mapa hacia la luz naciente de modo que tanto el camino verdadero como el trazado sobre el papel extendían ante ella los mismos quiebros sinuosos. Luego, había tomado su libreta de anotaciones para cotejar con el mapa los posibles lugares de descanso y refresco. Había repasado los cálculos de distancias y tiempos, las curvas de nivel y los llanos y, una vez comprobado que todo concordaba, había proseguido la marcha hacia su primer punto de parada.
La jornada había ido transcurriendo según lo previsto. Ella comprobaba cada rótulo de pueblo, cada nombre de río, en su mapa y en su libreta; consultaba el reloj a cada rato y ajustaba el ritmo de su marcha a los tiempos programados en su cuaderno. A veces, otros peregrinos la adelantaban o era ella la que superaba a algún otro caminante pero había caminado tan ensimismada en sus cálculos que ni se había percatado de la existencia de la gente a su alrededor.
Al atardecer, había avistado la cruz de piedra que anunciaba la proximidad del albergue donde había programado pasar la noche. Se aseguró, una vez más, de que los cálculos encajaban y apuró el paso para llegar cuanto antes y conseguir una cama en la que reposar tras la ardua jornada. Había sido en ese momento cuando el anciano peregrino sentado en la base de la cruz le dirigió la palabra.
- Buenas tardes, joven . ¿Qué tal ha ido tu etapa?
- Todo según lo previsto –ella había mostrado su libreta con gesto triunfante-. He cubierto mis treinta kilómetros en el tiempo correspondiente y ahora voy a reservar mi plaza en el albergue para descansar.
- Estupendo –le había replicado el viejo con un gesto divertido-. Pero no te pregunto por números y marcas sino por “tu” etapa.
Ella se había quedado pensativa. El énfasis en el “tu” le había sonado a algo mucho más íntimo y profundo que la simple mecánica de una caminata regulada por trayectos marcados y horarios estipulados.
- Bueno –había empezado a decir ella-, primero he tomado dirección norte durante veinte minutos; luego he seguido la ruta hacia el oeste durante dos horas con una primera parada de quince minutos en la Fuente del Caño y luego...
Recordaba el gesto compasivo del anciano peregrino meneando la cabeza con aire triste mientras atendía a todo su relatorio. Al final, el hombre le había dicho simplemente:
- Bien, amiga mía; el caso es que todavía no has cubierto “tu” etapa.
Y entonces ella se había despertado en su cama, en su casa, en su ciudad. Junto al lecho, la mochila y el bordón y, a los pies de la cama, bien emparejadas, las botas para el camino. Miró el despertador: era la hora fijada para ponerse en marcha. Saltó de la cama y comenzó a prepararse para el viaje.
Todo aquello hubiera pasado por un sueño chocante si no fuera porque, al calzarse, comprobó que las botas ya habían sido usadas; los pliegues, las arrugas y el ligero desgaste del talón evidenciaban ya una buena caminata. También el bordón ofrecía un tacto suave en el punto de agarre; la madera estaba pulida por el roce de la mano y, en cuanto a la mochila, se adaptaba a la espalda de un modo sospechosamente cómodo, como si hubiera sido llevada a cuestas durante una larga jornada.
Sin saber muy bien qué pensar de aquel sueño tan vívido, se había puesto de nuevo en marcha. Esta vez, había caminado pensativa toda la jornada, ensimismada, dándole vueltas al posible sentido de su visión. La expresión “’tu’ etapa” se había convertido en una especie de obsesión que la abrumaba y, así, pronto empezó a notar el cansancio del camino.
Al atardecer había llegado a la cruz de piedra que señala la proximidad del albergue. No se sorprendió mucho cuando el veterano peregrino se levantó para saludarla.
- Buenas tardes, joven –los ojos del hombre brillaban con un toque de malicia- ¿Cómo ha ido tu etapa?
Ella se encogió de hombros cuando respondió:
- Me duelen los pies de tanto caminar, me zumba la cabeza de tanto pensar, no siento la espalda de tanto cargar la mochila...
- No, no, hija mía; esos son tus pesares pero no “tu” etapa.
Cuando se despertó –de nuevo- en su propia cama, comprobó que las botas estaban un poco más gastadas, el bordón un poco más pulido y la mochila un poco más sobada. Se preguntaba qué sentido podía tener todo aquella extraña pesadilla que estaba viviendo pero, echó mano de su buen ánimo y, una vez más, se dispuso a emprender la marcha para intentar cubrir –por tercera vez- la primera etapa de su peregrinaje.
Y la verdad es que hasta aquel momento todo había transcurrido a las mil maravillas: por la mañana, la había sorprendido el variado canto de los pájaros antes de la salida del sol, se había maravillado con las infinitas tonalidades del amanecer y había percibido, extasiada, el aroma de la hierba y de las flores. A lo largo de la jornada, se había ido encontrando con diversos compañeros de viaje y había respondido a todos los saludos; a veces, se esforzaba en alcanzar a los más adelantados y, a veces, se molestaba en aguardar a los rezagados. Había compartido almuerzos y cantimploras, aprendido canciones extranjeras y enseñado coplas de su tierra.
Y, así, sin darse cuenta, había llegado -una vez más- al pie de la cruz de piedra que señala la proximidad de la posada.
Titubeó un instante al encontrarse con la mirada serena del anciano que le tendía una cantimplora pero era tanta la felicidad que había recolectado en aquella jornada que la posibilidad de tener que repetirla de nuevo no le preocupaba en absoluto. Por eso, esta vez no esperó a que el viejo peregrino le dirigiera su pregunta sino que dejó la mochila en el suelo y fue a sentarse junto a él:
- ¿Y tú cómo llevas tu camino, amigo? –tomó un largo trago de la cantimplora que le tendía el peregrino y se secó con el dorso de la mano- ¿Es que nunca sales de este sitio? Si necesitas compañía, yo puedo marchar contigo mañana y ayudarte en los tramos más duros.
El viejo peregrino sonrió mientras volvía a guardar la cantimplora en su macuto:
- Hoy sí que has cubierto “tu” etapa; ahora ya estás en el camino...
MI METÁFORA FAVORITA
Me gusta echar mano de historias de peregrinos porque considero que la vida puede ser comparable al Camino de Santiago. En primer lugar, para decidirse a hacer el Camino, es necesario tener un motivo personal importante; ya se trate de motivaciones religiosas, deportivas, paisajísticas, de aventura o de cualquier otra índole, ante todo, se precisa tener bien claro el motivo personal para ponerse en marcha.
Porque, antes o después, a lo largo del camino –del de Santiago y del de la vida- los pies se cubrirán de ampollas, el calor, el frío y el cansancio nos entorpecerán la marcha, sufriremos alguna torcedura de tobillo y puede que algún que otro tropezón, la lluvia nos calará hasta los huesos y el sol nos resecará la piel y entonces, en medio de la incómoda realidad que vendrá a disipar las fantasías idealizadas de la marcha, el caminante tendrá que revisar seriamente sus verdaderos motivos para seguir adelante. Y entonces, sólo quien tenga bien claros sus objetivos tendrá el coraje de seguir adelante; los demás, seguramente, se volverán a casa.
Pero el nivel de satisfacción personal, las historias que unos y otros cuenten a sus nietos el día de mañana habrán de ser bien diferentes.
LA FÓRMULA DE LA AUTOESTIMA
Como recordatorio para la vuelta de vacaciones, repetimos nuestra fórmula personal de la autoestima: A = (C * I) + E.
A: Autoestima
C: Cualidades, los “dones” que, en mayor o menor medida poseemos de forma natural
*: Signo de multiplicación
I: Intentos; las veces que ponemos en práctica nuestros dones o que nos esforzamos por mejorar nuestro desempeño habitual en cualquier terreno
E: Efectos: Ya sean los resultados de nuestro esfuerzo o los comentarios de las otras personas.
Según esta fórmula se puede ver que tanto o más importante que las cualidades de las que podamos estar dotados –o de las que carezcamos- el factor crucial es el esfuerzo personal, los “intentos”, el elemento que determina el valor de nuestros resultados en todos los campos. Con los intentos, las cualidades mejoran y, en cuanto a los comentarios ajenos, haríamos muy bien en aprender a pasarlos por alto para que nuestra autoestima llegue a ser un asunto meramente personal nuestro en lugar de dejarla en manos ajenas.
BIBLIOTERAPIA
Título: La Impaciencia del corazón. Autor: Stefan Zweig. Editorial: Acantilado. Barcelona, 2006
Formato: Novela (los libros de autoayuda, como los antibióticos, con el exceso de uso pierden eficacia).
Composición: Ejemplo de límites a los que se puede llegar por poner los planes vitales en manos de otros. Reflexión sobre la necesidad de mantener el equilibrio entre la ayuda a los demás y los propios intereses.
Indicaciones: Apropiado para personas con tendencia a perder de vista las necesidades propias, a poner a los demás por delante de uno mismo.
Contraindicaciones: Las personas con tendencia a la sobreprotección deberán leerlo a pequeñas dosis.
Efectos secundarios: Posibles sentimientos encontrados. El lector deberá aclararse consigo mismo respecto a sus objetivos vitales.
FRASE DE ORO
Si no intentas grandes cosas, no las lograrás. (2ª ley de Pero Grullo)
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