viernes 5 de noviembre de 2010

EL ÚLTIMO ASIENTO CONTABLE

EL ÚLTIMO ASIENTO CONTABLE

La llamada del timbre le hizo dar un respingo volviéndolo a la gris realidad de la fría tarde de diciembre. Se levantó con dificultad para abrir la puerta y, en su renquear artrítico, comprobó que ahora ya, sin duda alguna, no era más que un jubilado.

El día del retiro había llegado sin alardes; una jornada más en la rutina de la oficina. El director lo había llamado a su despacho y, sin otra cosa, le había entregado la liquidación; después, un apretón de manos y un gesto vago señalando hacia la puerta. Eso fue todo; ni comida de homenaje, ni –menos aún- el reloj chapado en oro con el nombre grabado que, en sus años mozos, se entregaba como recuerdo a quienes se jubilaban.

Sin duda, los tiempos habían cambiado; no sólo los ordenadores habían venido a sustituir a los nobles libros de contabilidad sino que, además, el trato impersonal en el trabajo había echado fuera la afabilidad familiar que antaño caracterizaba a la oficina.

El suspiro que salía de sus labios cuando, al fin, abrió la puerta se convirtió en exclamación de sorpresa: allí, en el suelo, habían dejado un paquete con sus señas pero el portador había desaparecido cansado, sin duda, de la considerable espera proporcional al largo recorrido del pasillo.

Seguramente sería un regalo de despedida; no iban a deshacerse de él, simplemente, olvidándolo como un elemento más del viejo mobiliario que habían ido arrinconando en los trasteros. Por el tamaño, un reloj no podía ser, ¿sería tal vez un libro?

Un libro, en efecto. Sentado en su sillón de mimbre lo había desempaquetado con el mimo de quien manipula una figura delicada de porcelana. No era muy amante de la lectura; los únicos libros de su vida eran los de contabilidad, los que había manejado siempre en la oficina antes de los ordenadores pero el libro aquel tenía algo que lo intrigaba. Volvió a leer el título: Historia de mi vida y, luego, pasó a la primera página.

Al principio, los hechos allí narrados le parecían vagamente familiares. Luego, a medida que fue leyendo, pudo comprobar cómo, uno a uno, los capítulos iban montando la historia de su propio fracaso: los estudios inacabados, el noviazgo interrumpido, el empleo gris, las oportunidades perdidas... página a página, fue recorriendo de nuevo su periplo vital, cada vez más consciente de su soledad, cada vez más sobrecogido por la inminencia del final.

Cuando llegó a la última hoja, convencido de que se iba a morir en aquel mismo instante, se encontró con la sorpresa de la página en blanco. Se quedó un rato pensativo, mirando por la ventana y, finalmente, tomó una decisión.

Preparó su maleta con lo más imprescindible y se echó a la calle, dispuesto a hacer auto-stop. No sabía cuánto tiempo podría caber aún en aquella última página pero, fuera el que fuera, él llevaba consigo su lista de ilusiones, todas las cosas que nunca se había atrevido a hacer. Y sabía que aquel era el mejor momento para poner el broche de oro a su propia historia.